Hace treinta años, en un delirio teológico propio de la época, Andrew Lloyd Weber y Tim Rice escenificaban al espíritu de Judas cantando y bailando ante Jesús crucificado (Jesus Christ Superstar, por supuesto). Judas no entendía que todo un Hijo de Dios no hubiese planificado mejor las cosas: ¿qué hacía en Israel 4 siglos antes de Cristo, sin un sólo medio de comunicación a su alcance?
Sean o no árabes los responsables de los titulares de (America under attack), es evidente que compartían tanto el impulso suicida de Jesús (Don't let me stop your great self-destruction. Die if you want to, you misguided martyr! le decía Pilatos) como las inquietudes publicitarias de Judas. La fe mueve montañas, ya se sabe, y si la montaña no va a Mahoma, Mahoma envía un par de aviones a movérsela a domicilio al impío, CNN live.
A diferencia de David de Ugarte [NY 2001, hoy mismo en ciberpunk], creo que acontecimientos como el de ayer son tan antiguos como la Humanidad. 1000 años antes de Cristo, hubo otro David, éste inspirado por Dios, que luchó contra un gigante filisteo al que nadie entre los israelitas osaba afrontar. Le bastó una honda para vencer: El Señor salva sin espada ni lanza; porque él es el árbitro de la guerra (I Sam. 21: 47). Tres mil años después, unos cuantos iluminados armados tan solo con cuchillos acaban de mostrarnos cómo arreglárselas para derribar dos rascacielos en pleno Manhattan sin manipular un solo gramo de explosivo.
El mensaje a los iluminados del mundo está claro: si se te ocurre una atrocidad a tu alcance, just do it. Y a los demás más nos vale no lamentarnos demasiado por el número de víctimas, que ya decía Woody Allen a propósito de las quejas de su cuñado ortodoxo sobre el Holocausto que los records están ahí para superarlos (Deconstructing Harry). Antes de volar un edificio del gobierno federal en Oklahoma, Timothy McVeigh vagaba durmiendo en su coche por los Estados Unidos. Soy el dueño de mi destino, soy el capitán de mi alma, declaraba antes de morir nuestro American Psycho. ¿Cuánta vigilancia policial necesitarían nuestras democracias para impedir sus ataques?
De no proponerse otra solución, nos esperan tiempos conservadores en los que miraremos con desconfianza al árabe del asiento de al lado al despegar el avión. No se ponga nervioso: también usted puede hacer algo sin la policia. Invítele a tomar una copa y procure convencerle para que vea la película con usted, déjele jugar un rato con su portatil, y vaya provisto de algún producto PlayBoy/Girl, por si acaso lo demás no resultase demasiado convincente. Locos como él hay muchos en nuestras democracias, pero, convénzale, tienen mejores cosas que hacer que morir matando.