Ahora que el verano acaba, déjenme recomendarles un remedio contra el mal de agosto, ese dolor de cabeza insoportable que experimenta quien se abandona a la lectura diaria de suplementos veraniegos. Olvídese de Elvira Lindo y lea Los cuadernos del negro, la colección de artículos que Esteban Ormeche nos ofrece en elnegro.net. Su autor tiene todo el encanto del heterónimo: ¿quién es este negro al servicio de periodistas, profesores y todo aquel dispuesto a pagar por un artículo exquisito?
Y lo son, ciertamente. Mi último descubrimiento, esta tarde: ¿alguien pudo
pensar alguna vez en José María Aznar como el Kurtz de
Tenemos, necesariamente, que parecerles (a los salvajes) seres sobrenaturales; nos acercamos a ellos con el mismo poder de una deidad. Así decía su informe para la Sociedad Internacional para la Supresión de las Costumbres Salvajes.
Así también se nos presenta el Aznar de Ormeche, reformando por decreto el mercado laboral y ordenando sobre los jueces la cuestión nacional española. Le adoramos, es evidente. De otro modo no se podría explicar este silencio idólatra ante la ley de partidos: ¡Exterminar a todos los salvajes!, clama nuestro Kurtz. Y desde la selva le responde un coro rugiente. ¿Entiende usted esto? -le pregunta Ormeche/Marlow. Cómo no, responde jadeante Kurtz/Aznar.
¡Exterminar a todos los salvajes!, clama nuestro Kurtz. Y desde la selva le responde un coro rugiente. ¿Entiende usted esto? -le pregunta Ormeche/Marlow. -Cómo no- responde jadeante Kurtz/Aznar.
Pero Kurtz agoniza en su viaje de vuelta a la lejana Bruselas donde le espera su prometida y la gloria. También se le agota la legislatura a José María Aznar y, como Kurtz, la suya era una oscuridad impenetrable. ¿Suprimirá con su ley de partidos las costumbres salvajes (Tenía planes inmensos)? ¿Qué cree que nos deja con ella? En la cara de nuestro Kurtz, se ve también la expresión del orgullo sombrío, del poder despiadado, del terror pavoroso. Nuestro Kurtz susurra en una exhalación: ¡El Horror! ¡El Horror!. Gracias a Esteban Ormeche por recordárnoslo.
Las pruebas:
Autocriticidad y el síndrome de Jehovah
en Los Cuadernos del Negro