Como una enredadera y no como un árbol

Tal como somos: como una enredadera y no como un árbol

Por David de Ugarte

Empezábamos este libro explicitando una tesis novedosa, el mundo tiende a organizarse cada vez más al modo de una comunidad de software libre y existe una razón económica profunda para ello: al tener cada día más valor en la producción global los componentes científicos y creativos, la organización de esa producción tiende hacia las formas propias del trabajo académico y artístico, la Academia y la República de las letras. A lo largo de 14 capítulos hemos esbozado como esos cambios han ido apuntando en los últimos treinta años produciendo choques con el estado y las grandes corporaciones monopolísticas en cada terreno en el que la tecnología se democratizaba. Desde la criptografía a la música pasando por el hipertexto o la literatura. A esos choques, enfrentamientos políticos, legales y de competencia es a lo que hemos llamado Las Guerras de la Sociedad de la Información. En ellas hemos visto aparecer un nuevo tipo de héroes muy parecidos a los de las novelas ciberpunk (Diffie, Stallman, Berners-Lee, Kapor, Barlow...), tekis y freakies individualistas y libertarios, y un nuevo tipo de villanos no menos gibsonianos (gobiernos, agencias y grandes corporaciones audiovisuales e informáticas), empeñados en monopolizar las nuevas tecnologías para apuntalar su poder de control sobre el imaginario y la realidad social.

Siguiendo un guión que bien podría ser de Gibson o Sterling, la parte central de esas guerras se han dado en un territorio virtual: el ciberespacio, que en su propia estructura representa el ideal de vida cooperativa y libre de la nueva tribu emergente: los netócratas.

Los netócratas representan el modo de vida y las aspiraciones óptimas de una sociedad que se organiza según los principios de una comunidad de software libre o de la academia. Como los burgueses de la Edad Media, viven rodeados en sus ciudades por el viejo mundo y comerciando con él, pero sabiendo que cada intercambio pone una semillita que con el tiempo dinamitará el orden social del entorno: puede que el viejo mundo vea gratis donde ellos ven libre, pero da igual, la gratuidad es sólo un caballo de Troya de la libertad y ellos lo saben y lo usan. Porque la gratuidad es un signo orgulloso de su poder emergente y su diferencia. No hay en el copyleft o en las licencias GNU una renuncia a la propiedad, sino un uso extremadamente radical de ella. Un uso destinado a socavar los principios económicos morales y políticos del capitalismo monopolista desde el más libre de los mercados que nunca existió realmente.

Hemos visto cómo ese uso radical de la propiedad y las herramientas de mercado tienden a disolver o negar instituciones como el estado nacional o la empresa, teóricamente sólo justificables como violaciones de partida de los modelos de competencia libre y perfecta. Configurando nuevos espacios diversos y reticulares, nuevos escenarios urbanos y profundos cambios en la cotidianeidad.

Apenas nos queda dibujar el orden moral del nuevo mundo red. Pero sabemos que todo lo que dibujemos ahora no será sino una aproximación al momento más que a la tendencia, un tal como somos sin gran detalle, pues los modelos como la investigación universitaria sólo prefigurarán el futuro de un modo parecido a como el monasterio medieval prefiguró la sociedad industrial.

Sabemos que el nuevo mundo no valorará el éxito individual sobre la renta, sino sobre la capacidad de influencia y la difusión en las redes. Incluso podemos intuir que valorará más la calidad que el número de la audiencia.

Sabemos que el reconocimiento sustituye en nuestro mundo a la riqueza monetaria en la consideración de las personas, pero también que el mismo concepto identitario de individuo hace aguas. Ya no nos definimos obsesivamente sobre una jerarquía de identidades que parten del yo único hacia el nosotros nacional constreñido gracias a un ellos diferente y adverso.

Somos muchos yoes saltando como caballos de ajedrez por un damero en red, huyendo de toda forma de coherción grupal, disfrutando de nuestra propia diversidad de objetivos (esos chicos listos pero dispersos que retrataban nuestros profesores) y capitalizando en reconocimiento nuestras diferencias.

Somos hijos de un mundo red, de Internet y la caida del muro de Berlín, de la ironía frente a lo político y el rechazo a la obsesividad productiva del tiempo ordenado a látigo y reloj. Valoramos en todo terreno, más el flujo que el stock, la relación que el contrato, lo que provee el contacto más que lo que asegura la propiedad formal. Desradicados, tenemos patitas en todos los mundos, pero raices en ninguno. Tal como somos: como una enredadera y no como un árbol.

Como una enredadera y no como un árbol