Como una enredadera y no como un árbol

Metrópolis vs capitales, redes vs territorios

Por David de Ugarte

En el viejo mundo anterior a la globalización lo que definía la importancia de una capital era el territorio sobre el que ejercía una influencia directa. Territorio que era sobre todo un espacio político, cultural y de mercado identificado según los casos con la región o la nación.

Nación o región a las que la soberanía política y la centralización de los impuestos, ejercidas desde la capital imprimía una diferenciación sustancial respecto a los competidores. Diferenciación que servían indistintamente al proteccionismo, la movilización bélica o para lo que fuera menester en la lógica de la identificación de las masas con los gobernantes.

El mundo de las capitales es un mundo de la cultura nacional: un espacio que invierte la lógica renacentista. Al ganar el apellido nacional la cultura deja de ser algo que pertenece a las personas para pasar a pertenecer las personas a él. Territorio de alienación y homogeneización, esencia del mundo cerrado.

Pero al hacerse el mercado global, y partes sustanciales de la política económica transnacional (como en Europa la moneda), el protagonismo sale de las capitales. ¿Quién puede tragarse que la copla sea parte de sus raices cuando se tiró la infancia oyendo rock americano?. El acceso al consumo cultural global privatiza de nuevo la cultura e ironiza los mitos nacionales de la diferencia intrínseca

La vidilla que tanto gusta a los netócratas marcha con ellos a otro tipo de ciudades, las que Manuel de Landa llamó metrópolis.

Periféricas a la capital, y abiertas al exterior, estas ciudades han consolidado su poder a partir del control de los flujos financieros y comerciales. Se trata de ciudades nacidas con el desarrollo del primer capitalismo,burguesas, pero relativamente libres de las estructuras y restricciones del poder central capitalino.Celosas de su independencia apostaron frente al estado nacional por afirmar zonas deinfluencia o la capitalidad regional.

Error, su potencia actual, como en el Renacimiento, deriva de la oposición de los valores sobre los que se define frente a los de la capital. Mientras las capitales se definen por la serie: Territorio (nación), ley , impuestos (la capital es ante todo el lugar físico del poder legislativo e impositivo) y homogeneidad (la del imaginario nacional); las metrópolis lo hacen sobre:Red (internacional), confianza (red y confianza son al cabo los valores del comercio marítimo renacentista, que operabasin Estado ni reglas jurídicas internacionales), intercambio (comercio de nuevo) y diferencia (individual)

Mientras las capitales se definen por Territorio, ley, impuestos y homogeneidad; las metrópolis lo hacen sobre: Red, confianza, intercambio y diferencia

Hoy aquellas de éstas ciudades que han mantenido su protagonismo comercial internacional, desde Hong Kong a San Francisco pasando por Lieja o, entre nosotros, Valencia y Barcelona, encabezan el viaje al informacionalismo.

No es casualidad. La sociedad de la información premia el flujo sobre el stock, la capacidad de relación y el intercambio sobre el poder burocrático. Exactamente lo que éstas ciudades han hecho toda la vida.

En muchos sentidos el capitalismo de red del nacimiento del informacionalismo es muy similar al capitalismo comercial de la época de las ciudades estado italianas y la expansión mediterránea aragonesa. De hecho reviven no sólo las metrópolis en su protagonismo, sino también las redes que en su día formaron. Hoy en el Báltico vemos nacer una nueva Liga Hanseática que no respeta fronteras nacionales y que intercambia más entre si que con sus respectivos estados. La aparición de un nacionalismo padano es también interpretada por muchos como el fruto del desarrollo en red de las ciudades del norte de Italia desde la segunda mitad de los setenta, desarrollo que ésta vez parece mirar más hacia el Norte que hacia el mar.

Con el ascenso de la netocracia triunfan las metrópolis sobre las capitales y la apuesta por las redes ciudadanas frente a la apuesta por la territorialidad. Así es el mapa del nuevo mundo: reticular y disperso.

Renuente a las capitales, no cabe en la identidad de la netocracia el nacionalismo. Su poder no deriva de la homogeneización nacional de un territorio enclaustrado en una frontera, sino de los diferenciales de conocimiento que se establecen en las redes. Cuanto más heterogénea la red, más poderosa su netocracia asociada. Hija de la globalización reclama paso y espacios.

No le preocupa el campo más que como paisaje, como relax. Por eso reinventa el territorio rural como parque temático del pasado, como paisaje improductivo. Turismo rural gestionado con gusto por lo pequeño, ejercicio virtuosista de realidad virtual o juego de rol.

Por eso desvincula el Estado de la identidad nacional y apuesta por espacios de libre movilidad más amplios mientras reclama poder para las ciudades.

Como corresponde a una nueva clase en conflicto y diferencia con la burguesía, no escapa de las ciudades ni teme convivir con la inmigración. Ocupa los viejos centros degradados y se confunde en ellos reindustrializándolos y peatonalizándolos. Le gustan más las bicis que los coches y el tranvía que el metro. Su entorno natural es un parque temático de la diversidad; las terrazas y los espacios públicos diurnos son su verdadero centro de negocios. Confía en la seguridad pero se sabe inestable, un cambio de aires, le hace huir a bajo coste al siguiente nodo de la red. Se sabe deseada, se deja cortejar por los políticos.

En el movimiento está la libertad. El espacio urbano de la netocracia es un damero por donde saltan sus caballos.

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