Como una enredadera y no como un árbol

Historias de hackers, piratas y redes

Por David de Ugarte

Embajada Yugoslava en Madrid, Abril de 1999: Esos cabrones fueron los que acabaron conmigo dice el embajador a modo de confidencia mientras una agente de inteligencia le sirve un segundo vodka de una mesita historiada con ruedas. Yo organizé los dos primeros acuerdos de Rambouillet. ¡¡Rugova firmó!!. Son las doce de la mañana. En la otra punta del Mediterráneo los aliados pronto empezarán los bombardeos sobre el ejército serbio. Entonces era Ministro de Información. Tenemos una web fantástica, ¿la conocéis?. La cree yo cuando era ministro, se le ilumina la mirada orgulloso, desmontábamos todos las mentiras que dicen de nosotros... pero nos hacían la vida imposible... Imposible... los mails, la web... Slobo se ponía furioso. Lo peor fueron aquellas fotos en la fotocopiadora cada mañana. Sin parar. Era humillante. Llegaron a paralizar el trabajo... Y bueno, Madrid. Después de todo podría haber sido peor.

Lo que no sabía el Embajador es que uno de sus interlocutores había sido uno de los hackers implicados en el sabotaje constante a su Ministerio. Antes de la guerra real, fue la guerra electrónica. Guerra situacionista de imágenes. Hackers de toda Europa sustituían las fotos de rollizas y felices campesinas por las de las primeras matanzas de Arkan en Kosovo, reventaban los servidores de correo, tomaban el control de las redes internas de los oficinistas y enviaban a las colas de impresión fotos en alta resolución de los desaparecidos tomados de la perseguida prensa kosovar o de la oposición serbia a la dictadura de Milosevic.

Era divertido cuenta V. Pirata entonces, es hoy un respetable hacker, responsable de sistemas de una web que factura varios millones de euros al año. Apenas pasa la treintena pero habla como viejo veterano de batallas en la Matriz. Con un punto de nostalgia. Tras muchos años de nicks nos encontramos cara a cara. El activista y el vaquero de consola. En aquella época su nick traía al joven grupo de delitos informáticos de la Guardia Civil de cabeza. Para la gente como yo era un mito. Nuestro séptimo de caballería. Nunca le cogieron. En unas semanas será padre. Intercambiamos batallas, nicks, claves que ya nunca volverán a funcionar. ¡Qué fuerte!... era divertido... ya no me dedico a entrar en ningún lado ahora me gustan otras cosas, ya sabes, con cambiar sistemas a Linux ya tengo bastante... estos bichos no te dejan mucho tiempo, pero tampoco lo echo de menos, aunque a lo mejor... mira que era bueno aquel polen de Alicante....

Niños del Spectrum. Todo empezó en aquellas navidades del 82. Un hacker académico del viejo estilo, Clive Sinclair, pegaba la campanada en toda Europa. Ya llevaba dos quiebras a cuestas: la primera calculadora de mano y el primer televisor de bolsillo. Lo ganado lo perdería con el C5, el primer coche eléctrico de fabricación masiva en Europa. Empeñado en cambiar el mundo a golpe de imaginación, abiertamente influido por la ciencia ficción de los 50, Sinclair dejaría tras de si una generación de tecnófilos lista para Internet.

Alcanzarían la mayoría de edad con la caída del Muro. Desde Hamburgo y Frankfurt los chicos del Chaos Computer Club partian a reuniones virtuales en mainframes de toda Europa, a caballo de los protocolos X25. En Berlín, Kreuzberg era todo él un hacklab. Commodores trucados y costrosos se conectaban a los teléfonos. Comenzaba Internet aunque las BBS y las conexiones directas reinaran. Se jugaba a rol. Se leían mil teorías de la conspiración, Shea y R.A Wilson, el primer ciberpunk. Personalidades múltiples. Deliciosa esquizofrenia y sensación de juego entre el estado totalitario en ruinas.

Aquellos niños del Spectrum reunían las piezas que harían de Internet un territorio de libertad incluso en la anquilosada y tecnófoba Europa. Habían aprendido a comunicarse con las máquinas. Pronto llegaría el momento de hacerlo a través de ellas. El rol les había enseñado a jugar y ser muchos, no trasladarían las limitaciones del mundo físico a la red virtual. Ya no miraban al Este, sino a su California imaginaria. En Kosovo jugarían en su propio bando, con sus propias armas. Fragmentario, invisible, imparable, un nuevo espíritu empezaba a cubrir como una enredadera las ruinas. Sólo eran brotes. ¿Quién habría de temerles?

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