Como una enredadera y no como un árbol

La enredadera hipertextual

Por Alejandro Rivero y David de Ugarte

Cuando en 1984 Tim Berners-Lee llegó a Suiza tenía 28 años, una beca para el CERN, curiosidad de hacker y una pregunta infantil que responder: ¿pueden las máquinas ayudarnos a intuir?

El CERN lanzaba entonces su nuevo acelerador de partículas. Nadie pensaba que su mayor aportación al mundo vendría del grupo de trabajo informático. De hecho pocos pensaban entonces en aportaciones de ningun tipo; los pocos innovadores del lugar tenian la perspectiva bien entrada en el dos mil y pico. El centro era, y es, el mayor monstruo burocrático-científico europeo. Tiene la inevitable huella napoleónica de las instituciones continentales: sus regulaciones consensuadas impresas en papel doblarían en volumen al barroco Derecho Canónico. Pero ni la obsesión normativa ni los sistemas millonarios implantados por las grandes corporaciones conseguían que los cientos de investigadores que cada año pasaban por allí compartieran un formato estándar de información. Nadie aceptaba reorganizar todo su trabajo sólo para que durante un semestre el sistema informático de turno funcionara. Con buen criterio el mundillo académico residente pretendía que las máquinas trabajaran para ellos y no ellos para optimizar el funcionamiento de las máquinas. Cuestión básica: bajo toda arquitectura informacional subyace una estructura de poder.

Tim Berners-Lee es hijo de matemáticos. Sus padres formaron parte en los cincuenta del equipo que programó uno de los primeros ordenadores comerciales: el Mark I. La computación de la época se veía en el camino de la Inteligencia Artificial, pero los Berners-Lee teorizaban una limitación: los ordenadores se programaban de acuerdo a rígidas categorías jerárquicas, mientras que el cerebro asociaba libre y azarósamente. La creatividad y la inteligencia real tienen mucho que ver con la capacidad para relacionar información inconexa.

A mediados de los 60, Ted Nelson creó el concepto de hipertexto. Intentó desarrollarlo en un macroproyecto llamado Xanadú. Pero sin microordenadores de uso personal, sin Internet, sin quioscos ni cyberpubs, sin gentes trabajando y pensando ya en red, la idea genial se enquistó como una semilla en tierra extraña. Como se enquistó Bill Atkinson en el 86 y limitó sin querer la conectividad de su Hypercard, atrapado en el manejar stacks completos y dentro de una misma máquina.

Durante los 80 los enlaces punto a punto tejian una serie de redes privadas, desde la increible jerarquia de Bitnet o Decnet hasta los extraños enrutados de Usenet/Eunet. Poco a poco, todas irian siendo absorbidas por TCP/IP y el conglomerado de protocolos tejidos por las Internet Engineering Task Forces, un grupo de voluntarios cuyos estandares se llamaban, con toda humildad, "Solicitud de Comentarios". Las IETF lucharon la primera gran batalla de la privatización, pero se hizo a la manera antigua, en los pasillos de los gobiernos, en el terreno del enemigo. Asociaciones como la ISOC y extraños francotiradores como George Soros se asociaron en una pelea para evitar los monopolios en la naciente estructura. El resultado final fue de tablas: por un lado el sistema de estandares via RFC se mantenia, por otro el plan de Postel para eliminar los Root Domain y sus servers desaparecia. El propio John Postel, el hombre que meticulosamente anotaba en un cuaderno los números IP que se iban asignando y les facilitaba enlaces en los servidores de nombres, sería el primer cadaver, ni virtual ni metafórico, de la revolución.

A principios de los 90 el mundo red era ya una realidad. Ordenadores personales como herramienta básica de trabajo. Internet como estructura descentralizada de comunicación. Hipertexto para permitir la libre asociación. Y lenguaje de etiquetas como esperanto tecnológico. Todo existía ya. Encontrar un microcosmos donde desarrollarlo y demostrar su utilidad -el CERN- fue hasta cierto punto un azar feliz. Juntar las piezas, un hallazgo. Pero la genialidad estaba en otro lado: proponer como estructura básica del trabajo en red un espacio nuevo organizado según la metáfora de la enredadera: la WWW, la Maraña Magna Mundial. La revolución html sería tal por atacar precisamente el corazón de las viejas arquitecturas informacionales. Frente al modelo centralizado, propietario, vertical y homogéneo -el árbol-, Tim Berners-Lee desarrollaría un modelo descentralizado, libre, reticular y heterogéneo, la Web [tela de araña] que como una enredadera cubriría la infoesfera desde los servidores universitarios hasta las páginas personales trepando por la Internet naciente.

En aquellos tiempos Internet era telnet, el protocolo de transmisión más corriente ftp y la forma de buscar programas archie. Sobre la Red seguía funcionando una lógica de organización y relación jerárquica. Pronto las cosas iban a cambiar. Timidamente una pequeña ardilla/secretaria se atrevio a sugerir el enlazar entre si carpetas en diferentes maquinas. Era Gopher -o Goopher para los que querian ponerle unas gafas al icono de la ardilla- y con ella llegó el escandalo. Nadie habia dictaminado dónde nacian esas jerarquias de carpetas que se hundian hasta el infinito, y es que no nacian en ninguna parte. Nodos espontaneos establecian catalogos apuntando a los directorios interesantes y, como luego se diría de la web, ya no habia un dónde, allí. Simultaneamente, los primeros clientes web asomaban la cabeza. Primero un tosco hojeador para VT100, la terminal verde reinante en los laboratorios. Luego una versión gráfica con negritas y cursivas, sobre el extraño unix de Jobs, el NeXT.

En marzo de 1993 las conexiones web representaban el 0.1% del total de uso de Internet, en septiembre se había convertido en un 1% y en diciembre el 2.5%. La Universidad de Minessota, creadora de Gopher, decidió empezar a solicitar el pago de licencias por el software de servidor. El intento de imposición de un sistema de propietario sobre una estructura básica de la Red pudo influir en que la naciente industria y la tribu hacker -entonces mayoritaria entre los usuarios- huyera como la peste del estándar ganador y mirara hacia el otro candidato, el HTTP/HTML. En alguna de sus regulaciones, el CERN dictaminaba que cualquiera de sus productos era propiedad pública de los paises socios. Socios que no coinciden con la Union Europea y que no incluyen a los americanos. Cundió el sentido común y en la primavera de ese año se decidia manumitir los protocolos web, dejarlos libres de enredos legales.

De otra parte, y mucho más relevante que la cuestión de las licencias y propiedades, la llegada de XMosaic inclinó definitivamente la balanza. En una atrevida violación del HTML, los chicos de la NCSA construyeron un navegador que permitia incorporar imagenes e incluso rodearlas de una etiqueta de salto hipertextual. Con ello el documento afirmaba su superioridad frente al mero directorio. El hipertexto demostraba su capacidad para convertir Internet en una inmensa máquina social de forma exponencial al número de páginas colgadas. Lo que entonces se llamaban spagetti links para remarcar su carácter no jerárquico, convertían el uso de la Web en un verdadero ejercicio de surf por el pensamiento y las inquietudes del mundo.

La información tomaba cuerpo y vida. Pasaba de organizarse como catálogo entomológico a funcionar orgánicamente y convertirse en un espacio navegable y explorable: el ciberespacio [De cibernetico, dispositivo guiado, y éste del griego kyber-, gobernar una nave] con sus exploradores, los cibernautas. [Neol. de Ciberespacio y nauta, marino. Azarosamente coincide con el gr. Kybernetes: patrón nautico, timonel]

El embrujo de la WWW extenderá Internet como una enredadera hasta hacerse casi sinónimos. XMosaic perdia su X para pasar a funcionar en plataforma cruzada, sobre Macintosh o sobre Windows 3, y dar a HTTP su independencia respecto al sistema operativo. Todavia quedaban un par de años hasta que el sistema operativo dominante aceptara -que remedio le quedaba- clonar totalmente el interface de punto y click de los Athena y los Apple, pero nadie se molestó en esperarle. Una generación que había aprendido a comunicarse con las máquinas, tenía en Internet la herramienta para comunicarse a través de ellas y en la web la clave para pensar colectiva y no jerárquicamente. Los hackers tendrían en la web un equivalente postmoderno de la vieja república de las letras de la Ilustración. No lo usarían menos subversivamente.

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