Como una enredadera y no como un árbol

El fin del secreto, el comienzo de la privacidad: la batalla por liberar la criptografía

Por David de Ugarte

1969, GCHQ: El centro del criptoespionaje británico, los herederos del mítico Benchley Park donde Alan Turing desarrollara veinticinco años antes las bases de la computación y creara en 1948 el primer ordenador, Colossus. El centro europeo del secreto.

James Ellis pasa ya de los cuarenta, es matemático e investigador. Funcionario de la agencia, excentrico que es la forma british de decir rarito, lleva unos años recolocado en el CESG. Un grupo dedicado a la investigación criptográfica de máximo nivel. Lo mejor que la comunidad del secreto puede ofrecer. El mejor lugar disponible en 1969 para un hacker académico de los criptosistemas. Eso o la NSA. No hay criptomundo al margen. Desde la guerra todo lo relacionado con ésta rama de la matemática aplicada y las comunicaciones seguras es considerado secreto de estado. Los análisis teóricos tienen tratamiento de armas de destrucción masiva. No pueden publicarse sin censura previa de la agencia (que siempre la ejerce), no pueden compartirse con otros colegas de otros países (sería una exportación ilegal). No puede hablarse, leerse, publicarse ni discutirse nada. El estado es el gran monopolista del secreto. En lo referente a éstos temas funciona como la IBM: todo dentro de casa, nada público. La producción de teoría criptográfica se realiza con los parámetros de una gran fábrica de conocimiento: Nómina, horario y jerarquía

Un artículo de Ellis yace sobre la mesa de su superior: el jefe de matemáticos Shawn Willie. Ellis sabe que es probablemente lo más importante que ha escrito en su vida. El tipo de papel que no te dejará dormir por las noches en los próximos veinte años. Se titulaba La posibilidad de encriptación segura no secreta. Una aparente contradicción que rompía toda la tradición criptográfica. Desde tiempo inmemorial los sistemas habían tenido un esquema sencillo: al mensaje (texto plano) se le aplicaba una clave obteniendo el texto cifrado. El receptor aplicaba la misma clave y volvía a obtener el texto plano. Todo lo demás, toda la investigación era puro barroquismo matemático sobre los algoritmos con los que se elaboraba la clave. La base era la misma: emisor y receptor -y sólo ellos- debían conocer previamente la clave.

La comunicación segura sin conocimiento previo de las claves simplemente no se consideraba. Ni siquiera se sabía si era teóricamente posible. Esa posibilidad era la que acababa de demostrar Ellis. Desgraciadamente no he podido encontrar ningún fallo en el esquema escribió en un informe Willie. Lo que tenía sobre la mesa era el esquema teórico de la criptografía asimétrica (que implica la convivencia de claves públicas -conocidas por todo el mundo- y privadas -sólo conocidas por sus dueños tanto en el lado del emisor como en el del receptor-). El mismo tipo de cifrado invisible al usuario que hoy usamos para sacar dinero en el cajero, ver la tele por satélite, comprar en la web, pagar en la autopista y proteger nuestro correo o nuestras llamadas telefónicas.

Faltaba implementar el sistema. Encontrar funciones no invertibles con una serie de propiedades que permitiesen el cifrado y descifrado. Un joven brillante recien llegado a la agencia, Clifford Cocks, lo conseguiría en una tarde. Había creado un equivalente al hoy omnipresente algoritmo RSA, descubierto cuatro años después por un equipo de matemáticos del MIT. Estamos en noviembre de 1973

De los chicos de Benchley Park (que ahora ocupaban otras oficinas) no saldría nada al mundo. El sistema se consideró poco práctico, algo inevitable en este tipo de descubrimientos... y se dejó ahí. Con la jerarquía preocupada en otras cosas. Sin posibilidad de publicar más que internamente, ni Cocks ni Allis volvieron a tratar el tema. Con su silencio se retrasaba uno de los descubrimientos matemáticos más importantes del siglo XX. El viejo sistema de la fábrica de secretos se hundía poco después.

El responsable Whitfield Diffie, un joven matemático que había recorrido Estados Unidos buscando y atando pistas sueltas sobre la evolución [secreta] de la criptografía desde el estallido de la guerra mundial. Entrevistando veteranos, peinando bibliotecas y memorias, fue creando el mapa fragmentario de un mundo oculto. Nadie le financiaba. Diffie lo hacía por puro placer del conocimiento. Era un hacker de pura cepa. Seguramente el primer hacker de la Sociedad de la Información.

Cuando en 1970 Diffie consigue que le presten una casa en la Costa Oeste y se entrevista con un jóven profesor neoyorquino de segunda fila que se había negado a trabajar para la NSA, nace la nueva comunidad criptográfica. De momento son dos personas Wihtfield y Marty. El nombre de un algoritmo: Diffie-Hellman.

Juntos generarían la masa crítica de conocimiento necesaria para el salto cuántico que la matemática aplicada estaba pidiendo a gritos. El salto que el desarrollo de las telecomunicaciones y el mundo digital de los siguientes treinta años necesitarían como precondición básica: la criptografía de clave pública.

Era 1975 y el primer papel de Hellman y Diffie es rechazado, como lo había sido antes el de sus secretos colegas ingleses. Sin embargo, la idea está ya en el circuito académico. Despierta pasiones. Partidarios y adversarios. Ha nacido la comunidad criptográfica libre: Hackers y académicos. Antes de un año todos los fundamentos serán publicados y discutidos hasta la saciedad. En los siguientes 10 años la disciplina avanzará más que en toda la Historia de las matemáticas. La joven comunidad se enfrentará al estado, a la IBM, a las leyes de la guerra fría... e inevitablemente contagiará a la naciente industria del software y la tecnología hasta derrumbar completamente en la época Clinton todo el sistema legal e industrial que constreñía su desarrollo.

Había muerto la fábrica de secretos. Había nacido la comunidad de la privacidad. El poder había pasado de manos de las estructuras militarizadas de la inteligencia estatal y las grandes corporaciones a una comunidad abierta y libre de académicos, hackers y empresarios tekis como Mitch Kapor (quien incluiría por primera vez encriptación asimétrica en un producto comercial).

¿Cómo podía haber llegado a pasar? ¿Cómo quince años antes de caer el muro de Berlín pudo escapársele al sistema burocratico científico más paranoide de la Historia algo tan importante como la posibilidad del cifrado asimétrico seguro? ¿Cómo pudieron colárseles unos cuantos hippies y desmontar el poder de las hasta entonces todopoderosas agencias? ¿Cómo se le escapó a la IBM?. Lo que había pasado, era sólo un anuncio del mundo por venir. La respuesta es sencilla: la lógica del sistema de incentivos. Como diría cualquier economista, simplemente los incentivos que el viejo sistema cerrado podía producir no se alineaban con los nuevos objetivos a conseguir. Era cuestión de tiempo que apareciera un Diffie.

¿Cómo podía haber llegado a pasar? ¿Cómo quince años antes de caer el muro de Berlín pudo escapársele al sistema burocratico científico más paranoide de la Historia algo tan importante como la posibilidad del cifrado asimétrico seguro? ¿Cómo pudieron colárseles unos cuantos hippies y desmontar el poder de las hasta entonces todopoderosas agencias? ¿Cómo se le escapó a la IBM?. Lo que había pasado, era sólo un anuncio del mundo por venir. La respuesta es sencilla: la lógica del sistema de incentivos. Como diría cualquier economista, simplemente los incentivos que el viejo sistema cerrado podía producir no se alineaban con los nuevos objetivos a conseguir. Era cuestión de tiempo que apareciera un Diffie.

Durante la Segunda Guerra Mundial la criptografía había avanzado como nunca. Pero entonces, merced a la concentración masiva de recursos y la movilización de todo matemático relacionado con el tema en el esfuerzo de guerra, comunidad del secreto y comunidad investigadora eran la misma cosa. Los incentivos de una y otra se fundían y alineaban. No quedaba nada fuera. Tras la guerra en cambio, el suicidio inducido de Turing (castrado por homosexual) marca el fin de la comunidad única. Los chicos de Benchley Park o los de la NSA podrán fichar a todos los chicos brillantes que un presupuesto militar sin límites pueda pagar. Pero ya no es cuestión de dinero. El conocimiento necesita libertad, debate público, contraste, anticonvencionalismo para dar saltos cualitativos. Desde 1948 el sistema del secreto sólo dará barroquismo teórico. Cuando alguien como Ellis propone un salto cualitativo queda enfangado en las rutinas burocráticas y se ahoga.

La crisis del sistema del secreto de la guerra fría y el nacimiento de la comunidad criptográfica de la privacidad que darán paso a la primera gran batalla de la Sociedad de la Información, es la primera falla que se abre entre el viejo y el nuevo mundo, simplemente porque la forma de organización del conocimiento heredada del modelo industrial ya no servía para abastecer al mundo de las nuevas tecnologías que necesitaba. Como ironiza Pekka Himanen, ¿Cómo podría Einstein haber llegado a la fórmula E=mc2 si su actividad se hubiera dado en el caos de grupos de investigadores autoorganizados? ¿Acaso no opera la ciencia con una jerarquía tajante, liderada por un empresario en Ciencia, con directores de división para cada disciplina?

Esto es lo realmente importante. La guerra legal y política era una consecuencia tan inevitable como el triunfo antes o después del sistema hacker de organización del trabajo creativo sobre el secretismo y la cerrazón de la fábrica de conocimiento monopolista. La épica de la batalla, los personajes de ésta primer gran combate han sido minuciosamente descritos por Steven Levy en Cripto. En su párrafo final relata un único encuentro telefónico de Ellis y Diffie en 1997:"Ustedes hicieron con ella más de lo que hicimos nosotros" dijo el padre de la criptografía no secreta al padre de la criptografía de clave pública. Y siguió guardando su secreto.. Mientras las aportaciones del hacker se extendían por el mundo como una enredadera imprevisible, el viejo guardián del secreto seguía viendolo como un desarrollo lineal de alternativas definidas. Como un árbol que echa sus raices.

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